martes, 5 de junio de 2012

Bajo la influencia de mis hormonas


Sabía que el día que volviera a escribir en Lolita, sería movilizada por mis hormonas.  Y como catarsis necesaria, aquí estoy de vuelta en una suerte de honestidad brutal, un  mea culpa a las alteraciones femeninas. Es probable que si llevara la bitácora de viaje de mi vida, seguramente resumiría mis grandes conflictos reducidos a simples momentos de transformación hormonal.
Si.  Soy hormonalmente inestable, lo que puede traducirse a temperamentalmente inestable, o simplemente hormonalmente temperamental. Soy víctima de mis hormonas, pues si mi cerebro controla lo que hago y digo, y mi inconsciente controla lo que pienso y no hago, entonces mis hormonas directamente hacen lo que quieren conmigo.
Afortunadamente, hoy en día, esta socialmente aceptado. O bien, es una excelente herramienta para excusarse en el mundo femenino, y por lo general los hombres  lo aprueban, y entre nosotras está más que claro. Así es como una va por la vida con la ventajosa advertencia, “¡Mira que estoy indispuesta!”, lo que genera una reacción casi mágica! Inmediatamente luego de esa frase las facciones en el otro se relajan y hasta uno tiene la sensación de que dejaron de oírnos, oportunidad en la que nosotras arremetemos y nos despacharnos de peleas, gritos, llantos y embroncadas.
Lo importante es que una sepa en qué momento del mes se encuentra y trate el tema con la misma naturalidad y desenvoltura con que lo hacen los hombres cuando lo advierten: no darle importancia. Y nunca bajo ningún acontecimiento dejar de advertirles a nuestros interlocutores que nos encontramos bajo la influencia de nuestras hormonas.  
Somos  temperamentalmente inestables cuando, sin necesidad aparente,  iniciamos una discusión  y además hurgamos en nuestra mente buscando los motivos para iniciarla, cuando damos por sentado que nuestra pareja nos va a dejar, y seguro porque tienen una amante que es mucho más linda. Cuando el mismo jean del día anterior que creíamos que nos quedaba para el crimen hoy nos hace gordas, cuando nos vemos ojeras y no las maquillamos a propósito! Cuando lloramos, por nada, pero por nada, nada de nada! Cuando nos volvemos crudas para decir las cosas… cuando DECIMOS las cosas.   
Por suerte para nosotras y la salud mental del que nos rodea, son pocas días al mes, con lo cual es una buena explicación una vez más, de que la naturaleza es sabia, si durara un tiempo superior a lo prudencial una quedaría aislada complemente del mundo civilizado, en una suerte de refugiadas femeninas, todas juntas, arrancándonos los pelos y apartadas de la sociedad.
Siempre hay algo ventajoso,  o por lo menos así lo veo yo, estos estados nos libran de toda culpa, “no fui yo, fueron mis hormonas”, les damos a “ellas” identidad y nos escondemos de nuestros dudas y temores. Los “ovarios” está en  tener la valentía de volver a soltar lo que pensamos los días en que volvemos a la normalidad.    
Lolita

miércoles, 15 de febrero de 2012

El amor en los tiempos de Facebook


Muchos rumores se hablaron sobre mi falta de novedades en el blog, y lo cierto es que además de no tener tiempo, algunos acontecimientos a principios del año pusieron a Lolita en una crisis existencial, que creo recién ahora estaría superando. 
Todo empezó cuando aquello que pensé que estaba relegado y vedado para mi, que era imposible; el regalo que Papá Noel dejó olvidado, el hombre que temía que dejara su cepillo de dientes, el que no quería que cambiara mis hábitos, ése que necesitaba que sea perfecto… Ese mismo,  un día apareció y lo hizo sin previo aviso. Me enamoré, intensa y profundamente y  además no lo hice de la persona equivocada.
Así, como inesperadamente nacía un amor, en ese mismo instante parecía morir Lolita. Ahí surgía  el conflicto, cuando empecé a sentir que podía dejar de ser una  mujer descorazonada, y que dejar de serlo significaba el fin de mi blog, ¿El fin del resentimiento?
Casi lo tenía resuelto, ya me había dado por vencida, había dejado a Lolita olvidada en el baúl de los recuerdos, cuando descubrí que enamorada y con el espíritu decidido, no dejaba de vivir descorazonada, pues entones Lolita nunca podría haber sido una mujer.
Hay centenares de cosas que, aún en la felicidad plena, logran sacar a una mujer de su etapa de mariposas volando. Pero hay una que tiñe de amargura la dulzura del amor encontrado y son los celos, pero los irracionales, los celos innecesarios. No me hablen de inseguridades, es mucho más profundo que un problema de autoestima. Es posesión ¡Ah si! Y las mujeres  hacemos  un Master al nacer en cuestiones de posesividad. Es mío y que ni siquiera se atrevan a tocarlo. Lo tengo yo y ni piensen que lo voy a soltar.
Hasta hace unos años, la angustia solo se limitaba a padecerla en alguna fiesta o evento en donde tenias que aguantar la ganas de tacklear a la rubia del vestido floreado que le convidó una copa, o aquella de pelo suelto que baila y se acapara todas la miradas. Pero hoy mujeres, hoy estamos perdidas. Facebook pone a prueba, día a día, nuestros celos.
Todo se comparte, todo se etiqueta ¡¡Todo se ve!!!  Sabemos a ciencia cierta el porcentaje de incidencia de mujeres entre sus contactos. Las tenemos contadas, y si aparece alguna nueva, quiera el destino que su perfil sea público y poder sacar mejor las (absurdas e inventadas) conclusiones.   
Tenemos ubicadas a las “comentaristas de estados por deporte”, a las “comentaristas aburridas” y seguimos de cerca a ésa que le comenta y que “le gusta” todo lo que se publica. ¿Quién es? ¿Una compañera de trabajo, y por qué te agregó?;  ¿Y por qué agregaste a la de bikini? Una foto de perfil en bikini, seguro la cambió ayer ¿Qué quiere?; Y esa foto? No me contaste que ayer salías,  ¿Esos son tus amigos? ¡Son todos piratas!; ¿Y ese comentario? ¡Qué tenes qué comentar la foto de esa!
Por suerte la mitad de las veces, todo esto sólo lo pensamos, y limitamos el comentario a un tímido ¿Ah si  te agregó? No, no la vi, ¿Y quién es?... Que no lo sepan, nunca pueden enterarse que  tenemos su Facebook intervenido, que registramos cada acontecimiento en su muro y que no perdemos detalle de sus movimientos ciberespaciales.  
Tenemos que acostumbrarnos a sobrevivir a los celos. Lo que no podemos ver, las redes sociales te lo muestran, y si no queremos verlo, también te lo muestran.  Es una nueva forma de vida: Él, yo y lo que pasa en Facebook… Mi amor, su amor y mis celos descabellados.
El amor y la irracionalidad son amigos inseparables, no me pidan que estando enamorada sea racional. No se puede, por lo menos yo, que soy una mujer descorazonada, vivo las cosas tan intensamente que rozan el filo de la cordura. Vivo el amor, y el miedo a perder ese amor con la misma energía.  
Lolita sigue su rumbo entonces, el de escribir lo que pasa por el corazón de una mujer descorazonada, que también puede ser una mujer enamorada, pero que con seguridad será sensiblemente apasionada.    
Lolita

jueves, 5 de enero de 2012

El síndrome del nido lleno


Le tengo fobia al jabón con pelos, a la tabla del baño levantada y al lado preferido de la cama. No quiero compartir el ropero y mucho menos donar cajones. Tiemblo al ver dos cepillos de dientes juntos, me niego a diferenciar los objetos entre rojo y azul y no quiero saber en dónde está guardada la ropa interior de otra persona.
Pasar mucho tiempo con uno mismo nos hace, en cierta manera, inflexibles e intolerantes. Me di cuenta que en todo este tiempo me fui convirtiendo progresivamente en la mujer de las cavernas de plena City y cada día acepto menos que se alteren mis planes o mejor dicho modifiquen mis propias reglas.
Aún me queda larga vida, pero dicen que a medida que nos ponemos viejos, nos vamos pareciendo más a uno mismo. Pues entonces yo de niña habré sido un poco intolerante, un poco fóbica y un poco mañosa, porque ahora lo soy del todo.
En rigor de un buen análisis, como cada situación en la vida, existen  ventajas y desventajas. Por supuesto vivir sola no escapa a estas clasificaciones, y hay determinadas cosas que para mi que son terribles:
Sola no como sandía. Si, parece ridículo, pero salvo que este en plena dieta de frutas y líquidos, no voy a comprar una sandía para mi sola. Se pone fea, y  la tengo que terminar desechando lo cual es una injusticia, sé que puedo comprar media sandía, lo sé, pero odio tener que estar obligada a comer algo sólo para evitar que se eche a perder. Me hace sentir peor, me hace sentir más sola. Conmigo las promociones por kilo no sirven. Compro por unidad.  Un tomate; un durazno; dame una planta de lechuga, la más chica, ¿Mas chica?
Otra cosa insoportable de vivir sola es que no tenes a nadie que te alcance un toallón si ya estás en la ducha. Es horrible, en verano bueno ¡Pero en invierno! Salir desnuda y mojada a buscar la toalla es definitivamente un acto de coraje, y de ridiculez obviamente, si alguien estuviera viéndonos desde afuera. Esto me hace pensar la tercera desventaja, y es que no hay nadie para echar culpas, si no hay papel en el baño la culpa es tuya, si te olvidaste la toalla también, si pateaste un trasto en el  medio del living y te quedo el dedo gordo latiendo es porque vos lo dejaste tirado.
No hay con quien hablar, obviamente, pero peor que eso, no hay con quien discutir. Y sin discusión no hay reconciliación. Además ya estoy cansada de pelearme conmigo misma, no me aguanto y si no fuera que soy mujer, algunas veces me daría algunos sopapos.
Sin embargo, también hay cosas de la convivencia unipersonal que son únicas. Y por lo tanto se disfrutan. Horarios flexibles, comida flexible, claro, todo es flexible porque es uno mismo con sus propias reglas. No rindo cuentas a nadie, no doy explicaciones de mi tiempo perdido y pongo el canal de televisión que a mi me gusta. Duermo en el medio de la cama y si quiero me destapo y si no quiero duermo con cinco frazadas. Hago sonar el despertador nueve veces antes de levantarme y tardo lo que se me antoje en la ducha. Desayuno hasta las dos de la tarde en la cama, y el domingo no me baño.
Algunas personas le temen abandonar su casa de la infancia e independizarse, y parece un miedo mas entendible, la gente lo ve lógico y hasta lo consideran una cuestión de instinto: “abandonar el nido es movilizante”.
¿Pero cuando el nido, es el propio nido que uno se armó para si mismo? Ahí los quiero ver. Compartir la vida con otra persona no es moco de pavo, siguiendo con el sentido avícola de la cuestión, y yo tengo demasiado trabajo compartiéndome y aguantándome a mi misma como para tener que estar en la vida de otra persona. Ni pensar que el reloj biológico llama y tener que hacerlo con un tercero.
Si abandonar el nido es movilizante, entonces formar un nuevo nido, a mi entender, es estresadamente paralizante.
Lolita