domingo, 4 de diciembre de 2011

Necesito que seas perfecto


Yo no tuve amiguitos imaginarios cuando era pequeña, o por lo menos no lo recuerdo. No soy hija única, así que debe ser que en principio no lo necesité. Escuché que los amigos imaginarios les sirven a los niños para resistir sus problemas, expresar sus alegrías y enfrentar sus miedos de la mano de superhéroes, hadas, peluches y otros seres.
Lejos de esa hermosa infancia, pasada la turbulenta adolescencia, viviendo ya este enmarañado mundo de la madurez, me doy cuenta que estoy usando mi imaginación más de lo que el razonamiento adulto podría permitirse.
No es que tengo un amiguito invisible al cual le hablo todas las noches, pero si he construido en mi cabeza un fabuloso mundo de seres mágicos, un mundo en donde los hombres colman todas mis expectativas.
En ese imaginario planeta cerebral, existe un caballero galante, casi alado que salva a su doncella de los peligros que acechan en su vida cotidiana. Un hombre dotado de hermosura, viril, masculino, atento. Un ser  sensible y protector, un individuo único que no sólo escucha las necesidades de su amada, sino que las cumple y además con una sonrisa. Un hombre que nunca se lamenta de los avatares de la vida, comparte sus satisfacciones y tristezas, y su malhumor siempre es transformado en alegrías en presencia de su enamorada. Un héroe, un ser idílico.
Uno puede crear en su mente lo que desee, nadie tiene la imaginación empeñada. Y si es por imaginar, yo quiero imaginarme al hombre perfecto. El punto es que tardé mucho tiempo en darme cuenta que no existe y que el producto de mi imaginación es eso, el resultado creado por mis utópicas fantasías.
 Si… no existe. No llores, ya lo sé, es duro. Pero no existe.
Nadie se atrevería decirle eso a un niño, porque le rompería el corazón. Y sería revelarle una verdad innecesaria sin ningún objetivo más que cuartarle su dulce e inocente imaginación.
Lo paradójico es que en una mujer con el grado de fantasías como el mío, no decirle esa misma frase a tiempo, es destrozarle las ilusiones. No hay nada más duro que darse cuenta que la persona de la cual estuvimos enamorada es la que se creó en nuestra mente y no el hombre real, el individuo de carne y hueso que respira, que posee muchas virtudes pero también  muchos defectos, que tiene un mal día y que también tiene que aguantarnos. Terrible golpe a nuestras ilusiones es darse cuenta que una está enamorada de expectativas y de espejismos.
Pero hay algo terriblemente peor, que es darse cuenta de semejante realidad y no querer aceptarla. Seguir suplicando, casi infantilmente, que ese hombre que se revela ante nosotras sea como el caballero de nuestros sueños. Necesitando que sea perfecto.
La frustración es tan inmensa, que caemos en la errada afirmación de que nunca encontraremos al hombre que esperamos.
Claro, en la medida que sigamos buscándolo en nuestra mente, será imposible poder encontrarlo.
Lolita

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