jueves, 24 de noviembre de 2011

La debilidad del Sexo Fuerte


Nos dicen el sexo débil, supongo que esta descripción es solamente para diferenciarnos en relación a una aptitud física respecto de los hombres. Es cierto. En ese punto sí, somos débiles. Salvo algunas excepciones, nosotras levantamos menos peso, nos cansamos de correr más rápido,  claudicamos ante situaciones de peligro extremas, en definitiva, tenemos menos fuerza que ellos, si es que por fuerzas se mide la debilidad.
Sin embargo, no creo que eso nos genere dificultades, podrá haber sido un inconveniente  para nuestros antepasados, cuando la destreza física era imperiosa para la supervivencia, pero en los tiempos de hoy (¡dejando de lado el machismo claro!) podríamos decir que casi es una ventaja. Nos dan el asiento en el colectivo (bueno, casi), tenemos prioridad de paso, tenemos acceso privilegiado a botes salvavidas, los bomberos nos salvan en sus brazos, nos abren las puertas de los autos (a veces, muy esporádicamente), en fin, una infinidad de beneficios inservibles pero que nos alegran la existencia.
Al contrario, yo no le veo ninguna debilidad pasar casi toda nuestra vida teniendo malestares una vez por mes, tampoco lo es llevar un hijo nueve meses dentro de la panza, mucho menos parir y apenas ver su carita olvidarse instantáneamente del dolor. Caminar con zapatos la noche entera, aún después de la ampolla que quedó en carne viva por no ablandarlos con su debido tiempo. Depilarse, peor: depilarse apurada. Hacer dieta. Entrar en un jean un talle menor. Ir al gimnasio sin ganas, ir al ginecólogo, hacerse una mamografía (¡todos los años!). Llorar en un baño cualquiera, lavarse la cara y salir como si nada…
¡Somos fuertes! ¡Vaya si somos fuertes para tantas cosas! Pero un día, por culpa de las hormonas, por  el trabajo, o sólo por ser un día en que  nos sentimos un poquito menos de todo lo que somos, ese día caemos en una debilidad.
Eso que tanto controlamos en nuestros momentos de máxima femineidad se ve avasallado por la bronca o los deseos de saciar la ansiedad. En ese minuto de descarga emocional  atacamos cual guerreras eufóricas, lo que esté a nuestro pasó. Y no cualquier cosa, no, sólo aquello que nos afecte a nosotras mismas.
Y ahí vamos, con lo que sabemos que al día siguiente, ¿Qué digo? Casi al instante de haberlo hecho, nos hará sentir vencidas. Por mas fuerza de voluntad que se haya puesto hasta ese momento, no hay nada que hacerle, perdimos… abrimos la heladera si estamos en casa, corremos a un shopping con la tarjeta de crédito en la mano si estamos en la calle, o lo que es peor, le mandamos ese mensaje que contuvimos todo este tiempo, si es que el celular está a nuestro alcance…
El momento de furia pasa, la ansiedad se descarga, pero entonces hay que aguantarse la culpa…yo creo que es preferible aguantarse las ganas.
Lolita

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