– Srta. Usted sufre de exceso de hormonas femeninas, dijo el Dr.
– ¿Eso es malo Dr.?
– Nada malo, tratable, puede causar molestias algunos días al mes pero nada grave….Es Ud. doblemente femenina, bromeó.
No había caído en cuenta de la dimensión de la broma hasta hace poco tiempo. Y entonces comencé a relacionarlo con otros sucesos que ocurren diariamente en mi vida. Quiero aclarar que lo hice sin ningún fundamento médico, pero es la única respuesta que se me ocurrió encontrarle a mi temperamento sensible.
Lloro, mucho lloro, el llanto es parte de mi vida. Puede sonar triste esta declaración, pero no. Yo no lloro sólo por una pena. Lloro de alegría, lloro de ansiedad, de bronca, de angustia, de tristeza y a veces lloro sin ningún motivo para estar llorando, casi como una necesidad fisiológica.
Es una revolución hormonal constante. Es como vivir indispuesta todo el mes, sin estarlo. ¡Lo bueno es que es sólo por el llanto! De leer esto un psicoanalista seguramente piense que tiene entre manos a una jugosa maniaco-depresiva, pero insisto, el llanto para mi es una especie de descarga, lloro lo que no puedo decir, expulso lo que no se me permite sentir.
Encontrarle un motivo a mi persistente sensibilidad no fue lo único, me hice tan experta en las lagrimas que me di cuenta que hasta puedo clasificarlas… porque nadie llora por lo mismo, ni de la misma manera.
Están las lágrimas contenidas, esas que te ponen los ojos inflamados, rojos y que piden salir a gritos, las que con un pequeño detonador externo ruedan por las mejillas como un cautivo que recupera su libertad. Son las lagrimas de la vergüenza, las que no nos permitimos dejar ir. Las que no queremos que vean.
También está el llanto payaso, ese que se mezcla con la carcajada, el que nos delata que hasta a nosotras mismas nos resulta patético el motivo por el cual estamos llorando. El que se alterna, entre llanto, risa, llanto, grito, llanto, ahogo, llanto y de nuevo la risa, que nos causó el ahogo. Son las lágrimas que se comparten con una amiga.
El llanto de la furía, al que normalmente tenemos como respuesta un ¡Loca!.Son las lágrimas que emergen como un volcán en erupción. Con los ojos inyectados de ira. Es el llanto que endurece el corazón, que destila veneno en nuestro cuerpo, y que el saldo es la impotencia y la amargura.
El llanto de la pena, el más duro, el que no se va fácilmente, pero es necesario que emerja. El llanto de la pérdida, el de los cambios, el llanto de lo inevitable.
Pero también hay lágrimas que resultan un bálsamo en el alma, son las lágrimas de la emoción, las que sanan el cuerpo. Las que nos hacen dar cuenta que existimos, que somos seres conectados, y que existe en nuestra esencia la sensibilidad. Son las lágrimas de ver nacer a tu hermano, de ver crecer a la gente que amas, de escuchar un tango, de ver bailar una pareja, de leer un libro, de notar a dos ancianos enamorados. El llanto que se produce al escuchar un te amo, de valorar tus logros, de sentirte necesitada. Las lagrimas por una caricia, por la comida de tu abuela, por notar el orgullo de tus padres. De ver a tus seres queridos felices. Las lágrimas de ser feliz.
Entonces note que ser sensible no es una condición exclusiva para mujeres doblemente femeninas, sino, que es el resultado simplemente de vivir.
Lolita
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