El sonido de la puerta golpeando con furia retumbó en la cuadra, detrás de la puerta, el grito de él: IRRESPETUOSA! Irrespetuosa gritó!!?? A lo largo de este tiempo me han dicho muchas cosas; loca, vueltera, desequilibrada… pero… ¿Irrespetuosa? Un sinónimo de este adjetivo sería mal educada, o sea, alguien que no tuvo educación, o que no fue educado de la forma que espera la sociedad. ¿Yo no soy educada? Ok. ¿Hablamos de educación? Hablemos:
Desde niños nos enseñaron que en lugar de llorar o de gritar para pedir algo hay que hablar, y si bien en una primera etapa de nuestra infancia el llanto es esencial para comunicarnos, vamos aprendiendo poco a poco a pedir lo que queremos con el uso de nuestras palabras.
Entre el llanto y las palabras, hay una etapa intermedia en donde comenzamos a conocer los objetos por medio de nuestras manos, por eso, de pequeños si algo no estaba a nuestro alcance era suficiente con extender los brazos en esa dirección y un adulto entendía rápidamente lo que necesitábamos.
Precisamente en esa etapa es donde muchos hombres quedan anclados. Y si bien en determinados casos no tienen otra salida que decir por lo menos algunas oraciones, tratan en lo posible de hacerse entender con gestos, movimientos de cabeza y con mucha suerte algún sonido emanado de sus cuerdas vocales.
Para nosotras la comunicación verbal es esencial, pero esencial para nuestra supervivencia. Y en esa búsqueda de continuar nuestra especie es que pretendemos hablar por todos nuestros medios. Lo necesitamos, aunque muchas veces perezcamos en el intento. Lo aprendimos de pequeñas y con los años ya lo tenemos incorporado.
Las cosas no podemos simplemente dejarlas pasar. Y si es posible, agotaremos el tema hasta las últimas consecuencias. “Te sentaré, te hablaré, te cansaré y te convenceré que tenemos un problema: ¡No hablamos!”
La naturaleza es sabia dicen, coincido, pero también es ventajista. Les dio ventajas a ellos, ni decir beneficios. Es así, mientras nosotras derrochamos energías en resolver nuestra vida con las palabras, ellos son consagrados con el don del mutismo. Y además con la posibilidad incluso de activar un dispositivo por el cual, no sólo dejan de escucharnos sino que mientras nuestras palabras salen a borbotones ellos miran un partido, al conductor de adelante, o directamente (y ésta la más sofisticada) dejan su mente en blanco.
Yo me permito golpear una puerta, pegar un grito y hasta escupir una mala palabra, pero eso no es de ninguna manera ser irrespetuosa. Puedo estar equivocada, pero para mí la educación pasa por otro lado. Considerar al otro, escucharlo, recibir el mensaje, responder y participar de su conversación, eso es ser educada.
El aprendizaje es un estado constante.
Yo te enseño a que charlemos y vos enseñame a calmarme.
Lolita
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