lunes, 26 de diciembre de 2011

Mi regalo de Navidad esperado


Las Fiestas son una época siniestra, hermosa, pero siniestra. Fecha de permitidos, alboroto, cansancio y euforia.  La billetera a la orden del día y una promiscua relación con la tarjeta de crédito.
Tiempos en donde uno se siente impune para hacer lo que quiera. Si estamos nerviosos, es por las Fiestas y si saludamos y deseamos felicidad a mansalva, también es por las Fiestas. Corridas, gritos en la calle, compras compulsivas y también saludos, buenos augurios, deseos de prosperidad, todo lo bueno en esta época, como si el resto del año no fuera necesario.
Vecinos, colegas, y hasta desconocidos que comienzan a desear felicidades apenas  pasados unos días del mes de diciembre, por las dudas y por si el resto de los veinticinco días que faltan, no nos ven o no nos cruzan. Fecha de reencuentros, brindis, cenas y despedidas. Con el fin de año se instala también la culpa, pretendemos solucionar en veinte días lo que no logramos en once meses.
Ciclos para el Balance, borrón y cuenta nueva. Esperamos que el cambio del calendario nos traiga alguna esperanza y  renovamos el almanaque con la misma alegría que el escolar lo hace cuando comienza un cuaderno nuevo. Esperamos impacientes y también le adjudicamos alguna cábala el éxito del año entrante.
Momentos para romper la dieta (de todo tipo) porque cualquier abstinencia se supera, fechas para brindar sin excusas. Días para hablar de más, llamar de más, y esperar mensajes que no llegan.
Obsequios navideños, auto-regalos y estreno de vestidos anticipado. Tradiciones que se repiten año a año. La bombacha rosa, la ensalada de frutas, el Vitel Toné, las doce nueces después de las doce, el perro debajo de la mesa, el borracho de siempre y la pregunta infaltable de la abuela “¿ Nena, para cuándo un novio?”.
Es que ¡Por favor! ¿Si la nena está sola, tiene que ser siempre motivo de charla familiar? Si, lo es, y como acusado en el estrado terminamos dando explicaciones del porque de nuestras desdichas amorosas. ¡Nos miran con la mirada fija, impertérrita pero inquisitoria y vaya a saber uno que piensan!
Por mi parte yo ya lo tengo solucionado. Este año le pedí a Papá Noel que me traiga un novio, mi abuela se lo pidió a San Antonio, pero Uds. saben que yo soy atea y no creo en esas cosas. Le escribí una carta, sin más preámbulos de que necesito alguien que me quiera, también le pedí a Santa que lo envuelva para regalo, pero que no olvide poner el ticket de cambio, no sea cosa que no me quede y tenga que igual conservarlo.
Por ahora no hay noticias, pero seguramente se le quedó el trineo en algún sitio o dejó el paquete en otro árbol. Si alguien encuentra un novio a la deriva, ya saben, es el que Santa me prometió y se dejó olvidado. No vayan a pensar que lo estoy necesitando, solo es que no quiero encontrarme un año más dando explicaciones y obviamente sin un agasajo.
De todas formas y ante la falta de respuesta del gordito, estoy barajando otra posibilidad, que nada tiene que ver con la torpeza de un bonachón de barba, y es que tal vez yo no me haya portado tan bien como pienso, por lo que posiblemente no merezca mi regalo.
Pero entonces….¡¿Sabes que Santa Claus, Papá Noel, San Nicolás?! o cómo demonios te llames. ¡No sabes con quien te metiste, no hay nada peor que prometerle algo a una mujer y no cumplirlo! No hay nada mas fatal que dejar a una mujer sin su regalo!
¡Sos igual a todos! ¡Hombre tenias que ser!
Lolita

sábado, 17 de diciembre de 2011

Sensualmente ridícula


¿Quién no quiso seducir alguna vez? ¡Qué digo! ¿Quién no quiere seducir todo el tiempo? Y está bien, así tiene que ser, la sensualidad es nuestra marca registrada. Todas seducimos, y la seducción aquí nada tiene que ver con la sexualidad. Seducimos en el trabajo, tratando de que vean nuestros avances, seducimos a un profesor, seducimos en el Súper, esperando un colectivo y en cualquier ámbito, siempre que nuestros prejuicios lo permitan. Hablo de la seducción como una posibilidad de mostrar lo mejor de nosotras.
Tampoco estoy hablando de belleza física, la seducción nada tiene que ver con eso, no necesito unas buenas piernas para mostrarme. Bueno ¡Esta bien! Es verdad que las buenas piernas a veces consiguen las cosas más rápido, pero no siempre es de la mejor manera.
La sensualidad como parte de nuestra femineidad es necesaria, para sentirnos muy mujer, para nosotras, para nuestra autoestima. Sensual es alguien que apenas siendo uno mismo llama rotundamente la atención.
Pero esto no nos alcanza. A veces también queremos ser sensualmente sexys y si del amor al odio hay un solo paso, de lo sexy a lo ridículo hay un pequeñísimo empujón. De esos que si te descuidas te tiran de la cama. Me refiero al arduo trabajo femenino de ser sexys aunque claudiquemos en el intento.
Desplegamos toda nuestra artillería pesada, conocemos nuestras mejores armas y allá vamos. Sabemos que pantalones nos levantan la cola, cuales no nos aprieta la cintura, si es mejor un buen escote o una simple remera de hombros caídos. Pelo suelto o atado. Maquillaje feroz o parecer a cara lavada.  Cada ocasión tiene su opción, pero ninguna opción para nosotras es casual.
Lo importante es llevarlo con altura y que no parezca que lo estamos intentando. Si el hombro de la remera insiste en volverse, lo colocamos una y otra vez en el sitio que creemos fatal. Si el pantalón no nos aprieta la cintura pero nos está estallando las caderas, solo que hay que intentar respirar. Pelo suelto: ¿El viento lo despeina? Comentemos que el estilo salvaje es el último grito de la moda!
¡Qué difícil es ser sexy cuando serlo se convierte en un trabajo! Pero ellos no tienen porque saberlo. Por ninguna razón pensemos que estamos siendo ridículas. Más aún si el ridículo es a puertas cerradas. Ese momento, en que tengo la necesidad de ser sexy, es mío y en tal caso lo comparto con él. Nadie me ve, y eso me hace sensualmente impune. Dejo mis tabúes guardados en la mesita de luz.
Cuando la Caja de Pandora se abre a nosotras mismas nos sorprende y a ellos seguramente los deje aturdidos por unos minutos. Pero un instante después, el ridículo se transforma en una extravagante muestra de sensualidad, que seguramente los dos disfrutemos.    
El punto está en creérselo. El éxito está en sentirnos atractivas. Para mi ser sexy es una estado no una cualidad.
Lolita

lunes, 12 de diciembre de 2011

Fisgoneando mi perfil


Soy una mujer pública. Si! Como escuchaste. Una mujer de la calle no! Una mujer pública. Me refiero a que soy conocida, que la gente se interesa en mí,  que quieren saber de mi vida privada...Famosa, en una palabra. Siempre pensé que mi nivel de popularidad adolescente había sido suficiente, pero estos últimos años el crecimiento de mis amistades y contactos parece ir en ascenso.
Conozco a muchos, a otros los vi de vista, y a algunos más arriesgados jamás le vi la cara, sin embargo están ahí, latentes, expectantes, hambrientos de información jugosa y de primera línea que pueda ser una bomba explosiva en otra oportunidad. Al acecho de cualquier indicio que les permita luego confirmar mis triunfos e infortunios
Saben cuándo es mi cumpleaños, si cambié mi color de pelo y si este año me voy de vacaciones al mar o a las montañas. Son la versión virtual de Doña Rosa barriendo la vereda. Sin embargo, ¿Qué haría sin ellos? ¿En qué aburrido mundo de conocidos repetidos se convertiría mi vida? Por eso los necesito tanto! A ellos me debo, a mi público, mis agraciados fans anónimos. Mis queridos contactos. Mis seguidores. E incluso mis infaltables  y tímidos testigos oculares de perfiles.
Si! Ellos! Que no tienen la confianza suficiente para solicitar mi amistad y se conforman con visitar eventualmente mi perfil para saber cómo estoy, si soy feliz, si estoy de novia, si estoy sola, si engorde, si adelgace, si tengo la cara llena de granos o si se me cayó el pelo y me quedé pelada.
Asi, soy blanco seguro de despechadas, de amantes, de melindrosos, de galanes, fisgoneros, envidiosos,  viejas amistades y hasta de antiguos amores. Calman su sed de curiosidad con estáticos retratos de mi vida. Creen saber de mí con sólo ver una sonriente imagen de presentación. No importa sino confirman a ciencia cierta lo que descubren de mí, lo que no saben lo inventan y lo que inventan lo difunden.
Si supieran que esa vida es de mentira, que mi verdadera vida está en otro lado, que soy más bonita cuando me río en persona, que lloro mucho aunque en ninguna imagen eso se note, que huelo siempre a perfume, porque amo los buenos perfumes. Que tengo ojeras que me maquillo y que nunca subo una foto en donde se me note la panza. Que mi voz es aniñada y que cuando quiero también es muy dulce.
Si ellos supieran que apenas muestro una pequeña parte, que es de utilería, de cartón corrugado pintado de fama. Si se dieran cuenta que tengo una vida mucho más compleja allá afuera, pero es más linda y es mía. Que no comparto así porque sí. Una vida que tiene configuración de privacidad con acceso restringido solo a personas que me quieren y respetan.
Si ellos se dieran cuenta que tienen su propia vida dejarían de perder el tiempo suponiendo cosas de la mía…
Mi vida es mía y aunque parezca pública, algunos pocos la conocen auténticamente. El resto sólo cree conocerla.
Lolita

viernes, 9 de diciembre de 2011

Cambiando los hábitos


Deje de fumar o es lo que intento hacer desde hace algunas semanas,  porque fumar un cigarrillo prestado un sábado por la noche para mí no cuenta.  Lo importante es que ya no me compro los paquetes y eso es lo que vale. Ya no tengo el vicio arraigado y todas esas frases repetidas que me digo a mi misma para convencerme que tengo mucha fuerza de voluntad.
El punto de todo esto es que no pude dejar de relacionar este evento con mis relaciones sentimentales… ¿Otra vez con los hombres? Y si, para que les voy a mentir. Lo hubiera dejado pasar, pero realmente todo esto es algo más que cambiar un mal hábito.
Siempre, salvo algunas excepciones, salí con chicos (iba a poner hombres, pero me pareció un poco mucho) no fumadores.  Llámese casualidad o inconsciente selectivo, pero así es.  Lo sorprendente es que pareciera que yo buscara personas que no fuman y arengar de esta forma a mi voluntad para dejar de fumar.
Se, aún siendo fumadora, que no hay nada más desagradable que oler a tabaco. Por eso, y en línea con mi sentido de la estética, no fumo el día que voy a salir con alguien.  Una costumbre rara, pero que se vuelve costumbre también para ellos, haciéndoseme imposible volver a fumar cuando ya hay más confianza.  
En definitiva, conozco a alguien y dejo de fumar.  Como si cambiara un vicio por otro. Ya no necesito  el cigarrillo, y sentirme acompañada por alguien hace desaparecer mi ansiedad, o mejor dicho, la deposita en otra cosa. Quizás la respuesta sea que empiezo a sentirme bien conmigo misma, que me hacen sentir bien y rechazo todo lo que daña mi cuerpo.
Ahora bien, esto ya es pasado.  Algo cambió. Todas estas concepciones creadas por mi misma se desvanecieron desde el momento que noté que dejé de fumar, pero que tampoco estoy con alguien. ¿Qué está pasando? Pensé. Algo no anda bien, me manejé así durante los últimos diez años, de un día para el otro sin previo aviso nadie puede cambiar  las rutinas de su vida porque si.
Haber tomado la decisión de dejar el cigarrillo, solo porque tengo ganas de dejar de fumar es algo nuevo para mi, al punto de no reconocerme, me desconcierta. Pienso, pienso y pienso y la tarea del autoanálisis se vuelve radical por estos días.
Hasta que de pronto sale del inconsciente y se manifiesta: Hacer algo por uno mismo, no tiene más sentido que eso, hacerlo para uno mismo.
¡Qué gran alivio! ¡Al fin! Es eso: Estoy sola, no fumo, y a pesar de todo eso estoy feliz. No necesito a nadie para tomar las decisiones de mi propia vida. Tengo mi propia vida y no enloquecí en el intento.  Mi cuerpo se siente bien, yo estoy bien y seguramente se note.
Hice algo más que dejar de fumar, dejé de depender, y eso es lo que cuenta.
Buscar la felicidad y la satisfacción en otra persona y no en uno mismo, es el peor de los hábitos. Depender, es el más peligroso de los vicios.
Lolita

domingo, 4 de diciembre de 2011

Necesito que seas perfecto


Yo no tuve amiguitos imaginarios cuando era pequeña, o por lo menos no lo recuerdo. No soy hija única, así que debe ser que en principio no lo necesité. Escuché que los amigos imaginarios les sirven a los niños para resistir sus problemas, expresar sus alegrías y enfrentar sus miedos de la mano de superhéroes, hadas, peluches y otros seres.
Lejos de esa hermosa infancia, pasada la turbulenta adolescencia, viviendo ya este enmarañado mundo de la madurez, me doy cuenta que estoy usando mi imaginación más de lo que el razonamiento adulto podría permitirse.
No es que tengo un amiguito invisible al cual le hablo todas las noches, pero si he construido en mi cabeza un fabuloso mundo de seres mágicos, un mundo en donde los hombres colman todas mis expectativas.
En ese imaginario planeta cerebral, existe un caballero galante, casi alado que salva a su doncella de los peligros que acechan en su vida cotidiana. Un hombre dotado de hermosura, viril, masculino, atento. Un ser  sensible y protector, un individuo único que no sólo escucha las necesidades de su amada, sino que las cumple y además con una sonrisa. Un hombre que nunca se lamenta de los avatares de la vida, comparte sus satisfacciones y tristezas, y su malhumor siempre es transformado en alegrías en presencia de su enamorada. Un héroe, un ser idílico.
Uno puede crear en su mente lo que desee, nadie tiene la imaginación empeñada. Y si es por imaginar, yo quiero imaginarme al hombre perfecto. El punto es que tardé mucho tiempo en darme cuenta que no existe y que el producto de mi imaginación es eso, el resultado creado por mis utópicas fantasías.
 Si… no existe. No llores, ya lo sé, es duro. Pero no existe.
Nadie se atrevería decirle eso a un niño, porque le rompería el corazón. Y sería revelarle una verdad innecesaria sin ningún objetivo más que cuartarle su dulce e inocente imaginación.
Lo paradójico es que en una mujer con el grado de fantasías como el mío, no decirle esa misma frase a tiempo, es destrozarle las ilusiones. No hay nada más duro que darse cuenta que la persona de la cual estuvimos enamorada es la que se creó en nuestra mente y no el hombre real, el individuo de carne y hueso que respira, que posee muchas virtudes pero también  muchos defectos, que tiene un mal día y que también tiene que aguantarnos. Terrible golpe a nuestras ilusiones es darse cuenta que una está enamorada de expectativas y de espejismos.
Pero hay algo terriblemente peor, que es darse cuenta de semejante realidad y no querer aceptarla. Seguir suplicando, casi infantilmente, que ese hombre que se revela ante nosotras sea como el caballero de nuestros sueños. Necesitando que sea perfecto.
La frustración es tan inmensa, que caemos en la errada afirmación de que nunca encontraremos al hombre que esperamos.
Claro, en la medida que sigamos buscándolo en nuestra mente, será imposible poder encontrarlo.
Lolita

lunes, 28 de noviembre de 2011

Doblemente femenina


– Srta. Usted sufre de exceso de hormonas femeninas, dijo el Dr.
– ¿Eso es malo Dr.?
 – Nada malo, tratable, puede causar molestias algunos días al mes pero nada grave….Es Ud. doblemente femenina, bromeó.
No había caído en cuenta de la dimensión de la broma hasta hace poco tiempo. Y entonces comencé a relacionarlo con otros sucesos que ocurren diariamente en mi vida. Quiero aclarar que lo hice  sin ningún fundamento médico, pero es la única respuesta que se me ocurrió encontrarle a mi temperamento sensible.
Lloro, mucho lloro, el llanto es parte de mi vida. Puede sonar triste esta declaración, pero no. Yo no lloro sólo por una pena. Lloro de alegría, lloro de ansiedad, de bronca, de angustia, de tristeza y a veces lloro sin ningún motivo para estar llorando, casi como una necesidad fisiológica. 
Es una revolución hormonal constante. Es como vivir indispuesta todo el mes, sin estarlo. ¡Lo bueno es que es sólo por el llanto! De leer esto un psicoanalista seguramente piense que tiene entre manos a una jugosa maniaco-depresiva, pero insisto, el llanto para mi es una especie de descarga, lloro lo que no puedo decir, expulso lo que no se me permite sentir.  
Encontrarle un motivo a mi persistente sensibilidad no fue lo único, me hice tan experta en las lagrimas que me di cuenta que hasta puedo clasificarlas… porque nadie llora por lo mismo, ni de la misma manera.
Están las lágrimas contenidas, esas que te ponen los ojos inflamados, rojos y que piden salir a gritos, las que con un pequeño detonador externo ruedan por las mejillas como un cautivo que recupera su libertad. Son las lagrimas de la vergüenza, las que no nos permitimos dejar ir. Las que no queremos que vean.
También está el llanto payaso, ese que se mezcla con la carcajada, el que nos delata que hasta a nosotras mismas nos resulta patético el motivo por el cual estamos llorando. El que se alterna, entre llanto, risa, llanto, grito, llanto, ahogo, llanto y de nuevo  la risa, que nos causó el ahogo. Son las lágrimas que se comparten con una amiga.
El llanto de la furía, al que normalmente tenemos como respuesta un ¡Loca!.Son las lágrimas que emergen como un volcán en erupción. Con los ojos inyectados de ira. Es el llanto que endurece el corazón, que destila veneno en nuestro cuerpo, y que el saldo es la impotencia y la amargura.
El llanto de la pena, el más duro, el que no se va fácilmente, pero es necesario que emerja. El llanto de la pérdida, el de los cambios, el llanto de lo inevitable.
Pero también hay lágrimas que resultan un bálsamo en el alma, son las lágrimas de la emoción, las que sanan el cuerpo. Las que nos hacen dar cuenta que existimos, que somos seres conectados, y que existe en nuestra esencia la sensibilidad. Son las lágrimas  de ver nacer a tu hermano, de ver crecer a la gente que amas, de escuchar un tango, de ver bailar una pareja, de leer un libro, de notar a dos ancianos enamorados. El llanto que se produce al escuchar un te amo, de valorar tus logros, de sentirte necesitada. Las lagrimas por una caricia, por la comida de tu abuela, por notar el orgullo de tus padres. De ver a tus seres queridos felices. Las lágrimas de ser feliz.
Entonces note que ser sensible no es una condición exclusiva para mujeres doblemente femeninas, sino, que es el resultado simplemente de vivir.
Lolita

jueves, 24 de noviembre de 2011

La debilidad del Sexo Fuerte


Nos dicen el sexo débil, supongo que esta descripción es solamente para diferenciarnos en relación a una aptitud física respecto de los hombres. Es cierto. En ese punto sí, somos débiles. Salvo algunas excepciones, nosotras levantamos menos peso, nos cansamos de correr más rápido,  claudicamos ante situaciones de peligro extremas, en definitiva, tenemos menos fuerza que ellos, si es que por fuerzas se mide la debilidad.
Sin embargo, no creo que eso nos genere dificultades, podrá haber sido un inconveniente  para nuestros antepasados, cuando la destreza física era imperiosa para la supervivencia, pero en los tiempos de hoy (¡dejando de lado el machismo claro!) podríamos decir que casi es una ventaja. Nos dan el asiento en el colectivo (bueno, casi), tenemos prioridad de paso, tenemos acceso privilegiado a botes salvavidas, los bomberos nos salvan en sus brazos, nos abren las puertas de los autos (a veces, muy esporádicamente), en fin, una infinidad de beneficios inservibles pero que nos alegran la existencia.
Al contrario, yo no le veo ninguna debilidad pasar casi toda nuestra vida teniendo malestares una vez por mes, tampoco lo es llevar un hijo nueve meses dentro de la panza, mucho menos parir y apenas ver su carita olvidarse instantáneamente del dolor. Caminar con zapatos la noche entera, aún después de la ampolla que quedó en carne viva por no ablandarlos con su debido tiempo. Depilarse, peor: depilarse apurada. Hacer dieta. Entrar en un jean un talle menor. Ir al gimnasio sin ganas, ir al ginecólogo, hacerse una mamografía (¡todos los años!). Llorar en un baño cualquiera, lavarse la cara y salir como si nada…
¡Somos fuertes! ¡Vaya si somos fuertes para tantas cosas! Pero un día, por culpa de las hormonas, por  el trabajo, o sólo por ser un día en que  nos sentimos un poquito menos de todo lo que somos, ese día caemos en una debilidad.
Eso que tanto controlamos en nuestros momentos de máxima femineidad se ve avasallado por la bronca o los deseos de saciar la ansiedad. En ese minuto de descarga emocional  atacamos cual guerreras eufóricas, lo que esté a nuestro pasó. Y no cualquier cosa, no, sólo aquello que nos afecte a nosotras mismas.
Y ahí vamos, con lo que sabemos que al día siguiente, ¿Qué digo? Casi al instante de haberlo hecho, nos hará sentir vencidas. Por mas fuerza de voluntad que se haya puesto hasta ese momento, no hay nada que hacerle, perdimos… abrimos la heladera si estamos en casa, corremos a un shopping con la tarjeta de crédito en la mano si estamos en la calle, o lo que es peor, le mandamos ese mensaje que contuvimos todo este tiempo, si es que el celular está a nuestro alcance…
El momento de furia pasa, la ansiedad se descarga, pero entonces hay que aguantarse la culpa…yo creo que es preferible aguantarse las ganas.
Lolita

domingo, 20 de noviembre de 2011

Irrespetuosa


El sonido de la puerta golpeando con furia retumbó en la cuadra, detrás de la puerta, el grito de él: IRRESPETUOSA! Irrespetuosa gritó!!?? A lo largo de este tiempo me han dicho muchas cosas; loca, vueltera, desequilibrada… pero… ¿Irrespetuosa? Un sinónimo de este adjetivo sería mal educada, o sea, alguien que no tuvo educación, o que no fue educado de la forma que espera la sociedad. ¿Yo no soy educada? Ok. ¿Hablamos de educación? Hablemos:
Desde niños nos enseñaron que en lugar de llorar o de gritar para pedir  algo hay que hablar, y si bien en una primera etapa de nuestra infancia el llanto es esencial para comunicarnos,  vamos aprendiendo poco a poco a pedir lo que queremos  con el uso de nuestras palabras.
Entre el llanto y las palabras, hay una etapa intermedia en donde comenzamos a conocer los objetos por medio de nuestras manos, por eso, de pequeños si algo no estaba a nuestro alcance era suficiente con extender los brazos en esa dirección y un adulto entendía rápidamente lo que necesitábamos.
Precisamente en esa etapa es donde muchos hombres quedan anclados. Y si bien en determinados casos no tienen otra salida que decir por lo menos algunas oraciones, tratan en lo posible de hacerse entender con gestos, movimientos de cabeza y con mucha suerte algún sonido emanado de sus cuerdas vocales.
Para nosotras la comunicación verbal es esencial,  pero esencial para nuestra supervivencia.  Y en esa búsqueda de continuar nuestra especie es que pretendemos hablar por todos nuestros medios. Lo necesitamos, aunque muchas veces perezcamos en el intento. Lo aprendimos de pequeñas y con los años ya lo tenemos incorporado.
Las cosas no podemos simplemente dejarlas pasar.  Y si es posible, agotaremos el tema hasta las últimas consecuencias. “Te sentaré, te hablaré, te cansaré y te convenceré que tenemos un problema: ¡No hablamos!”
La naturaleza es sabia dicen, coincido, pero también es ventajista. Les dio ventajas a ellos, ni decir beneficios. Es así, mientras nosotras derrochamos energías en resolver nuestra vida con las palabras, ellos son consagrados con el don del mutismo. Y además con la posibilidad incluso de activar un dispositivo por el cual, no sólo dejan de escucharnos sino que mientras nuestras palabras salen a borbotones ellos miran un partido, al conductor de adelante, o directamente (y ésta la más sofisticada) dejan su mente en blanco.
Yo me permito golpear una puerta, pegar un grito y hasta escupir una mala palabra, pero eso no es de ninguna manera ser irrespetuosa. Puedo estar equivocada, pero para mí la educación pasa por otro lado. Considerar al otro, escucharlo, recibir el mensaje, responder y participar de su conversación, eso es ser educada.
El aprendizaje es un estado constante.
Yo te enseño a que charlemos y vos enseñame a calmarme.
Lolita

jueves, 17 de noviembre de 2011

Afrodita no me escucha


Soy atea, lo cual me genera dos limitaciones, por un lado la imposibilidad de solicitar favores divinos y por el otro, no poder dar parte de mis problemas al que, según dicen algunos, nos mira desde arriba. De todas formas yo hago ofrendas a los Dioses, es decir, pequeños sacrificios mortales que me permitan luego pensar que alguna fuerza sobrenatural conspira en mi favor.

Asi por ejemplo, si espero que él me llame, ese día no me depilo. No estar lista o preparada para un encuentro, hace aumentar las probabilidades de ese llamado. De lo contrario, y no sé porqué  absurdo artilugio del destino, de tener la lejana esperanza de que el teléfono suene con un mensaje, y decidir estar lista por si acaso, lo más probable es que terminemos con un pote de helado, mirando “Ghost la sombra del amor” y llorando, pero de impotencia, en la cama.
Si llegado el caso, Afrodita escuchara mis plegarias, entonces resumiré en una hora lo que normalmente a las mujeres nos lleva cinco, dejando a mi paso, maquillaje, planchitas y ropa desparramada por doquier.
Decir que la histeria ahora es masculina es caer en un cliché. No, lo que ocurre es que se cambiaron los roles del “generemos expectativas”, y somos tan evidentes que nos leen las intenciones a través de un mensaje. Su confianza les roza el egocentrismo.
Quiero volver a esos viejos tiempos, si es que hubo viejos tiempos, en donde las esperanzas las generábamos nosotras, donde nos tenían que descubrir. Quiero ser esperada, quiero tener el control, quiero estar lista y que me llamen. Quiero ver sonar mi teléfono y tener la posibilidad, solo un rato, tan solo unos minutos de hacerle creer al otro que no me tiene.
¿Por qué me parece que eso pasó en algún momento y ahora ya no ocurre? ¿Ya no ocurre porqué no son suficientes las ofrendas? ¿Tendré que pasar todo el verano sin depilarme, sin la posibilidad de usar pollera, para cumplir con absurda empresa? Nah!, ya no ocurre, porque estoy dejando librado al azar mis ganas de ver a alguien, porque estoy permitiéndole generarme expectativas.    
Hay algo que tengo que tener presente, la decisión la tomamos las mujeres. Siempre. Para decir que sí o para que decir que no. La única diferencia es que muchas veces el no llega después de un tiempo, cuando nos cansamos y decepcionamos de tantos mensajes vacios. No importa, rescato que aún así, la decisión descansa sobre nosotras.   
Lolita

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Femme Fatale


No es la primera vez que lo hago, lo reconozco, es una especie de coraza. Actuar ser alguien que uno no es, ayuda. Ok. La pregunta es ¿Ayuda a qué? En una primera etapa nos catapulta al éxito, es un as bajo la manga. Saber qué hacer y qué decir, en el preciso momento que él lo espera…uf! La noche está asegurada. Medimos las miradas, cómo nos sentamos, cuándo cruzar la pierna,  qué decir, cuándo levantar levemente los párpados. Cuándo suspirar, como si el mismo aire nos excitara. Cómo reír, no  con la carcajada desvencijada, pero si con una risa cómplice que descomprima y nos muestre alegres, divertidas, capaces de tolerar los malos tragos  si llegara el momento. De manera que…somos todo lo que ellos quieren, somos todo lo que no queremos.
Es una carrera absurda para agradar, ¿Agradar a quien? A mí no me agrada, eso está claro. Pero evidentemente les agrada a ellos. Nos quieren ver así, como una femme fatale.  Lo que ocurre, es que en esa agotadora muestra de sensualidad femenina olvidamos que ellos también nos tienen que sorprender ¿Tendremos complejo de actrices y ellos de simples espectadores? Porque ahí estamos, montando un espectáculo asombroso, de disfraces, maquillajes y bataclanas, pero luego el disfraz va a parar al ropero, el maquillaje se corre y las bataclanas terminan en el teatro. 
No los culpemos entonces si ellos luego esperan el montaje del primer momento, pero no nos amarguemos nosotras esperando nos sorprendan.
¡Solucionemos esta encrucijada de una buena vez! Mujeres! Dejemos de actuar lo que no somos, terminemos con la apología de lo que  no se dice, juntemos coraje y seamos nosotras mismas. Digamos lo que queremos en el momento que queremos, crucemos la pierna solo cuando estamos incomodas en la silla, levantemos los párpados solo para despabilarnos de una noche aburrida, suspiremos cuando nos fastidie su conversación, y riámonos si le vemos un perejil atascado en un diente! Seamos alegres, pero solo si el otro está logrando divertirnos. Si nos sorprende.
¡Pero cuidado! Tengamos la certeza de que así, la noche puede no estar asegurada, y que debajo de la manga no tengamos un as, sino un comodín que nos tire abajo la coraza.
Yo ya lo aprendí, prefiero los comodines…
Lolita