lunes, 28 de noviembre de 2011

Doblemente femenina


– Srta. Usted sufre de exceso de hormonas femeninas, dijo el Dr.
– ¿Eso es malo Dr.?
 – Nada malo, tratable, puede causar molestias algunos días al mes pero nada grave….Es Ud. doblemente femenina, bromeó.
No había caído en cuenta de la dimensión de la broma hasta hace poco tiempo. Y entonces comencé a relacionarlo con otros sucesos que ocurren diariamente en mi vida. Quiero aclarar que lo hice  sin ningún fundamento médico, pero es la única respuesta que se me ocurrió encontrarle a mi temperamento sensible.
Lloro, mucho lloro, el llanto es parte de mi vida. Puede sonar triste esta declaración, pero no. Yo no lloro sólo por una pena. Lloro de alegría, lloro de ansiedad, de bronca, de angustia, de tristeza y a veces lloro sin ningún motivo para estar llorando, casi como una necesidad fisiológica. 
Es una revolución hormonal constante. Es como vivir indispuesta todo el mes, sin estarlo. ¡Lo bueno es que es sólo por el llanto! De leer esto un psicoanalista seguramente piense que tiene entre manos a una jugosa maniaco-depresiva, pero insisto, el llanto para mi es una especie de descarga, lloro lo que no puedo decir, expulso lo que no se me permite sentir.  
Encontrarle un motivo a mi persistente sensibilidad no fue lo único, me hice tan experta en las lagrimas que me di cuenta que hasta puedo clasificarlas… porque nadie llora por lo mismo, ni de la misma manera.
Están las lágrimas contenidas, esas que te ponen los ojos inflamados, rojos y que piden salir a gritos, las que con un pequeño detonador externo ruedan por las mejillas como un cautivo que recupera su libertad. Son las lagrimas de la vergüenza, las que no nos permitimos dejar ir. Las que no queremos que vean.
También está el llanto payaso, ese que se mezcla con la carcajada, el que nos delata que hasta a nosotras mismas nos resulta patético el motivo por el cual estamos llorando. El que se alterna, entre llanto, risa, llanto, grito, llanto, ahogo, llanto y de nuevo  la risa, que nos causó el ahogo. Son las lágrimas que se comparten con una amiga.
El llanto de la furía, al que normalmente tenemos como respuesta un ¡Loca!.Son las lágrimas que emergen como un volcán en erupción. Con los ojos inyectados de ira. Es el llanto que endurece el corazón, que destila veneno en nuestro cuerpo, y que el saldo es la impotencia y la amargura.
El llanto de la pena, el más duro, el que no se va fácilmente, pero es necesario que emerja. El llanto de la pérdida, el de los cambios, el llanto de lo inevitable.
Pero también hay lágrimas que resultan un bálsamo en el alma, son las lágrimas de la emoción, las que sanan el cuerpo. Las que nos hacen dar cuenta que existimos, que somos seres conectados, y que existe en nuestra esencia la sensibilidad. Son las lágrimas  de ver nacer a tu hermano, de ver crecer a la gente que amas, de escuchar un tango, de ver bailar una pareja, de leer un libro, de notar a dos ancianos enamorados. El llanto que se produce al escuchar un te amo, de valorar tus logros, de sentirte necesitada. Las lagrimas por una caricia, por la comida de tu abuela, por notar el orgullo de tus padres. De ver a tus seres queridos felices. Las lágrimas de ser feliz.
Entonces note que ser sensible no es una condición exclusiva para mujeres doblemente femeninas, sino, que es el resultado simplemente de vivir.
Lolita

jueves, 24 de noviembre de 2011

La debilidad del Sexo Fuerte


Nos dicen el sexo débil, supongo que esta descripción es solamente para diferenciarnos en relación a una aptitud física respecto de los hombres. Es cierto. En ese punto sí, somos débiles. Salvo algunas excepciones, nosotras levantamos menos peso, nos cansamos de correr más rápido,  claudicamos ante situaciones de peligro extremas, en definitiva, tenemos menos fuerza que ellos, si es que por fuerzas se mide la debilidad.
Sin embargo, no creo que eso nos genere dificultades, podrá haber sido un inconveniente  para nuestros antepasados, cuando la destreza física era imperiosa para la supervivencia, pero en los tiempos de hoy (¡dejando de lado el machismo claro!) podríamos decir que casi es una ventaja. Nos dan el asiento en el colectivo (bueno, casi), tenemos prioridad de paso, tenemos acceso privilegiado a botes salvavidas, los bomberos nos salvan en sus brazos, nos abren las puertas de los autos (a veces, muy esporádicamente), en fin, una infinidad de beneficios inservibles pero que nos alegran la existencia.
Al contrario, yo no le veo ninguna debilidad pasar casi toda nuestra vida teniendo malestares una vez por mes, tampoco lo es llevar un hijo nueve meses dentro de la panza, mucho menos parir y apenas ver su carita olvidarse instantáneamente del dolor. Caminar con zapatos la noche entera, aún después de la ampolla que quedó en carne viva por no ablandarlos con su debido tiempo. Depilarse, peor: depilarse apurada. Hacer dieta. Entrar en un jean un talle menor. Ir al gimnasio sin ganas, ir al ginecólogo, hacerse una mamografía (¡todos los años!). Llorar en un baño cualquiera, lavarse la cara y salir como si nada…
¡Somos fuertes! ¡Vaya si somos fuertes para tantas cosas! Pero un día, por culpa de las hormonas, por  el trabajo, o sólo por ser un día en que  nos sentimos un poquito menos de todo lo que somos, ese día caemos en una debilidad.
Eso que tanto controlamos en nuestros momentos de máxima femineidad se ve avasallado por la bronca o los deseos de saciar la ansiedad. En ese minuto de descarga emocional  atacamos cual guerreras eufóricas, lo que esté a nuestro pasó. Y no cualquier cosa, no, sólo aquello que nos afecte a nosotras mismas.
Y ahí vamos, con lo que sabemos que al día siguiente, ¿Qué digo? Casi al instante de haberlo hecho, nos hará sentir vencidas. Por mas fuerza de voluntad que se haya puesto hasta ese momento, no hay nada que hacerle, perdimos… abrimos la heladera si estamos en casa, corremos a un shopping con la tarjeta de crédito en la mano si estamos en la calle, o lo que es peor, le mandamos ese mensaje que contuvimos todo este tiempo, si es que el celular está a nuestro alcance…
El momento de furia pasa, la ansiedad se descarga, pero entonces hay que aguantarse la culpa…yo creo que es preferible aguantarse las ganas.
Lolita

domingo, 20 de noviembre de 2011

Irrespetuosa


El sonido de la puerta golpeando con furia retumbó en la cuadra, detrás de la puerta, el grito de él: IRRESPETUOSA! Irrespetuosa gritó!!?? A lo largo de este tiempo me han dicho muchas cosas; loca, vueltera, desequilibrada… pero… ¿Irrespetuosa? Un sinónimo de este adjetivo sería mal educada, o sea, alguien que no tuvo educación, o que no fue educado de la forma que espera la sociedad. ¿Yo no soy educada? Ok. ¿Hablamos de educación? Hablemos:
Desde niños nos enseñaron que en lugar de llorar o de gritar para pedir  algo hay que hablar, y si bien en una primera etapa de nuestra infancia el llanto es esencial para comunicarnos,  vamos aprendiendo poco a poco a pedir lo que queremos  con el uso de nuestras palabras.
Entre el llanto y las palabras, hay una etapa intermedia en donde comenzamos a conocer los objetos por medio de nuestras manos, por eso, de pequeños si algo no estaba a nuestro alcance era suficiente con extender los brazos en esa dirección y un adulto entendía rápidamente lo que necesitábamos.
Precisamente en esa etapa es donde muchos hombres quedan anclados. Y si bien en determinados casos no tienen otra salida que decir por lo menos algunas oraciones, tratan en lo posible de hacerse entender con gestos, movimientos de cabeza y con mucha suerte algún sonido emanado de sus cuerdas vocales.
Para nosotras la comunicación verbal es esencial,  pero esencial para nuestra supervivencia.  Y en esa búsqueda de continuar nuestra especie es que pretendemos hablar por todos nuestros medios. Lo necesitamos, aunque muchas veces perezcamos en el intento. Lo aprendimos de pequeñas y con los años ya lo tenemos incorporado.
Las cosas no podemos simplemente dejarlas pasar.  Y si es posible, agotaremos el tema hasta las últimas consecuencias. “Te sentaré, te hablaré, te cansaré y te convenceré que tenemos un problema: ¡No hablamos!”
La naturaleza es sabia dicen, coincido, pero también es ventajista. Les dio ventajas a ellos, ni decir beneficios. Es así, mientras nosotras derrochamos energías en resolver nuestra vida con las palabras, ellos son consagrados con el don del mutismo. Y además con la posibilidad incluso de activar un dispositivo por el cual, no sólo dejan de escucharnos sino que mientras nuestras palabras salen a borbotones ellos miran un partido, al conductor de adelante, o directamente (y ésta la más sofisticada) dejan su mente en blanco.
Yo me permito golpear una puerta, pegar un grito y hasta escupir una mala palabra, pero eso no es de ninguna manera ser irrespetuosa. Puedo estar equivocada, pero para mí la educación pasa por otro lado. Considerar al otro, escucharlo, recibir el mensaje, responder y participar de su conversación, eso es ser educada.
El aprendizaje es un estado constante.
Yo te enseño a que charlemos y vos enseñame a calmarme.
Lolita

jueves, 17 de noviembre de 2011

Afrodita no me escucha


Soy atea, lo cual me genera dos limitaciones, por un lado la imposibilidad de solicitar favores divinos y por el otro, no poder dar parte de mis problemas al que, según dicen algunos, nos mira desde arriba. De todas formas yo hago ofrendas a los Dioses, es decir, pequeños sacrificios mortales que me permitan luego pensar que alguna fuerza sobrenatural conspira en mi favor.

Asi por ejemplo, si espero que él me llame, ese día no me depilo. No estar lista o preparada para un encuentro, hace aumentar las probabilidades de ese llamado. De lo contrario, y no sé porqué  absurdo artilugio del destino, de tener la lejana esperanza de que el teléfono suene con un mensaje, y decidir estar lista por si acaso, lo más probable es que terminemos con un pote de helado, mirando “Ghost la sombra del amor” y llorando, pero de impotencia, en la cama.
Si llegado el caso, Afrodita escuchara mis plegarias, entonces resumiré en una hora lo que normalmente a las mujeres nos lleva cinco, dejando a mi paso, maquillaje, planchitas y ropa desparramada por doquier.
Decir que la histeria ahora es masculina es caer en un cliché. No, lo que ocurre es que se cambiaron los roles del “generemos expectativas”, y somos tan evidentes que nos leen las intenciones a través de un mensaje. Su confianza les roza el egocentrismo.
Quiero volver a esos viejos tiempos, si es que hubo viejos tiempos, en donde las esperanzas las generábamos nosotras, donde nos tenían que descubrir. Quiero ser esperada, quiero tener el control, quiero estar lista y que me llamen. Quiero ver sonar mi teléfono y tener la posibilidad, solo un rato, tan solo unos minutos de hacerle creer al otro que no me tiene.
¿Por qué me parece que eso pasó en algún momento y ahora ya no ocurre? ¿Ya no ocurre porqué no son suficientes las ofrendas? ¿Tendré que pasar todo el verano sin depilarme, sin la posibilidad de usar pollera, para cumplir con absurda empresa? Nah!, ya no ocurre, porque estoy dejando librado al azar mis ganas de ver a alguien, porque estoy permitiéndole generarme expectativas.    
Hay algo que tengo que tener presente, la decisión la tomamos las mujeres. Siempre. Para decir que sí o para que decir que no. La única diferencia es que muchas veces el no llega después de un tiempo, cuando nos cansamos y decepcionamos de tantos mensajes vacios. No importa, rescato que aún así, la decisión descansa sobre nosotras.   
Lolita

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Femme Fatale


No es la primera vez que lo hago, lo reconozco, es una especie de coraza. Actuar ser alguien que uno no es, ayuda. Ok. La pregunta es ¿Ayuda a qué? En una primera etapa nos catapulta al éxito, es un as bajo la manga. Saber qué hacer y qué decir, en el preciso momento que él lo espera…uf! La noche está asegurada. Medimos las miradas, cómo nos sentamos, cuándo cruzar la pierna,  qué decir, cuándo levantar levemente los párpados. Cuándo suspirar, como si el mismo aire nos excitara. Cómo reír, no  con la carcajada desvencijada, pero si con una risa cómplice que descomprima y nos muestre alegres, divertidas, capaces de tolerar los malos tragos  si llegara el momento. De manera que…somos todo lo que ellos quieren, somos todo lo que no queremos.
Es una carrera absurda para agradar, ¿Agradar a quien? A mí no me agrada, eso está claro. Pero evidentemente les agrada a ellos. Nos quieren ver así, como una femme fatale.  Lo que ocurre, es que en esa agotadora muestra de sensualidad femenina olvidamos que ellos también nos tienen que sorprender ¿Tendremos complejo de actrices y ellos de simples espectadores? Porque ahí estamos, montando un espectáculo asombroso, de disfraces, maquillajes y bataclanas, pero luego el disfraz va a parar al ropero, el maquillaje se corre y las bataclanas terminan en el teatro. 
No los culpemos entonces si ellos luego esperan el montaje del primer momento, pero no nos amarguemos nosotras esperando nos sorprendan.
¡Solucionemos esta encrucijada de una buena vez! Mujeres! Dejemos de actuar lo que no somos, terminemos con la apología de lo que  no se dice, juntemos coraje y seamos nosotras mismas. Digamos lo que queremos en el momento que queremos, crucemos la pierna solo cuando estamos incomodas en la silla, levantemos los párpados solo para despabilarnos de una noche aburrida, suspiremos cuando nos fastidie su conversación, y riámonos si le vemos un perejil atascado en un diente! Seamos alegres, pero solo si el otro está logrando divertirnos. Si nos sorprende.
¡Pero cuidado! Tengamos la certeza de que así, la noche puede no estar asegurada, y que debajo de la manga no tengamos un as, sino un comodín que nos tire abajo la coraza.
Yo ya lo aprendí, prefiero los comodines…
Lolita 

lunes, 14 de noviembre de 2011

Mamá dice que yo te amo


No es que existan dos clases de hombres, sino que dada una determinada categoría, o son uno cosa u otra, no hay grises, ningún hombre es un poquito de algo y otro poquito de lo otro. Así por ejemplo, en relación a su madre, o son completamente dependientes de ésta o no lo son.
A mí me toco el primer caso. Bueno, en rigor de verdad, me tocaron los dos, sólo que habiendo pasado por las dos experiencias, note que de llegar a elegir, siempre, siempre, hay que elegir al materno in-dependiente.
Claro, ahora escucharlo suena obvio, pero recién, luego de una experiencia noviazgo-maternal uno puede tomar dimensión del desgaste de energías y tiempo en las que se trata de entender a esos dos seres, que permanecen atados al cordón umbilical del control y la culpa, y siguen retroalimentándose  de necesidades que pudieran haberse satisfecho ya en la adolescencia.
En un primer momento hasta causa ternura, no voy a negarlo. Verlo cuidar a su madre, considerarla, pedirle ayuda, es tierno. Uno piensa, que lazo perfecto de amor y protección los une! si ama a su madre así, es un hombre capacitado a amar a cualquier persona. Desborda bondad! Es perfecto! Seguro tendremos hijos que serán igual que él, seremos la familia perfecta!
Pero el velo de ilusión se corre, y de pronto,  no se entiende como, nos vemos envueltas  en la santa trinidad de la madre, el hijo y el espíritu paciente de la novia bondadosa.
No lo intentes, ni se te ocurra hacérselo notar. Simplemente no lo ven, o si, pero creen que es perfectamente normal. Y en ese contrato infranqueable de madre-hijo sos vos la que no cumple con las cláusulas y quedas fuera. - ¿Por qué?  - ¿Qué tiene de malo que mamá sale mi comida y sepa cómo me gusta condimentar mi ensalada? - No hay nada de raro en que ella prepare mi bolso de viaje! Si, no me compro ropa, no me gusta elegir, prefiero que lo haga ella! - Necesito llamarla, quiero saber que tomar si me duele la cabeza. – Es mamá, apártate un momento que tengo que atenderla.
El primer reflejo es intentar una sutil competencia. Qué gran error! No hay manera ni forma de competir, de hecho no existe competencia, no está ni planteado de parte de ellos. La pelea es unilateral, te peleas con vos misma, entre aceptar la relación o desbordar en un ataque colérico de acusaciones inútiles y que además te serán rebotadas.
Hay que aceptar la derrota, la contienda está perdida antes de empezar la batalla. Pero algún día nosotras también tendremos hijos varones y ahí tomaremos revancha.
Lolita